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Pudo apretujarse en el refugio de la tienda de la esquina instantes antes de que cayera una bomba delante de la casa. Dicen que hay de sobra en la tienda. Algo andaba lamiendo mi mano que colgaba por fuera. Era Foxel, el terrier del propietario de la casa, huido. Foxel, guapo, no tengas miedo. Estamos los dos solos en la entrada. Desayuno en el refugio.

Todos practican, en la medida de sus posibilidades, una especie de vida familiar. Se ven mantequeras, azucareros, tarros de mermelada, cucharas de plata. Sienta muy bien. Una sacudida terrible, gritos. En cualquier caso fue un acto soldadesco. Yo misma, por ejemplo. Obedecimos la orden a ciegas, sin preocuparnos por nuestro pellejo. Eso dicen. Bueno, tampoco hay para tanto. Das un paso y enseguida los pies te arrastran a seguir caminando. Tiene miedo de estar tan sola en su piso. Pero no las decimos. Otra vez sin aliento, otra vez vuelvo a escribir con dedos temblorosos, y con motivo.

El sol quema, y se produce otro tiroteo suave. En la penumbra reinante me voy golpeando con otras personas. Me dan patadas en las espinillas. Se oyen jadeos de personas, gritos de dolor, una lucha a brazo partido en la oscuridad. No, esto no es un reparto.

jueves, 9 de julio de 2015

Esto es un saqueo. Agarro algunos, me arrodillo en el suelo, y revuelvo todo buscando a tientas. Tengo las rodillas mojadas en vino, lo huelo. Toco esquirlas de cristal, meto todo el pan que puedo en mi caja. Saco la carga que ya es demasiado pesada y casi no puedo levantar.

Fuera me topo con el panadero. Yo me quedo anclada a mi caja, a la espera. Y Henni llega y trae Chartreuse en botellas panzudas. Yo vigilo mi caja. Violentas escenas en los alrededores bajo un sol implacable. Antoine y yo agarramos mi caja cada uno de un lado y emprendemos el camino de vuelta a casa. Bebo del cuello dentado y me corto el labio inferior. El sol pica, estoy empapada de sudor. Algunos impactos cercanos.

Estoy achicharrada, sudorosa. Fuera, en ese mismo instante, cae otra oleada de bombas. Pude dormir algo en ese intervalo de tiempo. Todo estaba bastante tranquilo. Por el camino vamos encontrando patatas chafadas y zanahorias podridas. Desparramada delante de los escalones de piedra a la entrada de la barraca hay una masa sanguinolenta. Nos metemos a empujones en el pasillo rebosante de gente, tropezamos al bajar unos escalones resbaladizos, damos con patatas podridas que apestan. Las zanahorias y los fangosos nabos los dejamos correr.

Llenamos los cubos de patatas. Tropezamos con un saco ya medio lleno. Nos lo llevamos escaleras arriba, a lo largo de las calles, hacia casa, arriba, al primer piso. A nuestro alrededor de nuevo estruendo y fragor. Nadie se preocupa de nuestra llegada. Nadie se libra de la fiebre del saqueo. Por todas partes hay gente corriendo, pillando.

Arriba, al primer piso. Tenemos los brazos agarrotados. Nos tiemblan las piernas. Los pocos cristales que quedan en las ventanas vibran suavemente. Por ellas entra una suave calidez, entremezclada con olor a quemado. Por cierto, los rusos no han hecho caer hasta ahora la temida lluvia de bombas. Efectivamente, sigue habiendo clientes, y se despacha. Los polvos para hacer flan tienen un precio en la etiqueta, creo que 38 pfennigs.

Nos iremos al otro barrio contando pfennigs. Iban rumbo al centro de la ciudad. Soldados sentados, sin decir nada, mirando fijamente al frente. El sexo debilucho. Este hecho nos modifica, hace que nos volvamos descaradas. Stinchen, con toda compostura, corta con tenedor y cuchillo un pepinillo en vinagre. Tiene vendada con esmero la herida de la cabeza. Extienden una toalla sobre la jaula del canario. Treuenbrietzen, Oranienburg y Bernau han sido liberadas. Perdidos ya lo estamos de una manera u otra. Y Dios nos libre de su lluvia de bombas.

Mientras tanto hay seis mujeres sentadas en torno a una mesita, y la viuda le echa las cartas a la fabricante de licores. Me quiero ir a dormir enseguida. Tengo muchas ganas ya.

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Haciendo balance estoy sana, fresca en todos los sentidos, el miedo se me ha ido por el momento muy lejos. En mi cerebro bullen impresiones violentas de codicia y rabia. Mechones grises, un delantal de cocina azul, suelto, ondeando. Casi nadie miraba. Una noche de excesiva calma. Mi ruso es simple, pura lengua de uso aprendida en la calle. Los idiomas siempre se me han dado muy bien. En apenas unos minutos toda la gente del refugio estaba en pie. La calle, a la luz del alba, se hallaba inmersa en un tiroteo.

Dos hombres caminan con paso pesado por la calle: anchos de espaldas, chaquetas de cuero, botas altas de cuero. Llegan unos coches, se detienen junto a la acera. El adoquinado retumba. Desayunamos como en una pesadilla. De vez en cuando nos acercamos sigilosamente a la ventana. Fuera un convoy interminable.

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Yeguas rechonchas con potros entre las patas. Por primera vez reconocemos tipos, rostros: cabezas rechonchas, de pelo muy corto, bien alimentados, despreocupados. Fuera el cielo azul, luminosidad sin nubes. Un soldado con rostro de campesino, de mejillas rojas. Algunos miedosos le alcanzan sus platos llenos de sopa. Noto que le resulto molesta. Todo el mundo sacude la cabeza con pesar. A quien le queda algo, lo mantiene a buen recaudo. En nuestra calle hay ajetreo alegre de soldados. En todas las aceras hay caballos.

Cagan y mean. Hay un penetrante olor a establo. Los caballos tienen sed. Juntos recorremos el cuarto de hora de distancia atravesando los jardines. Tono amable, rostros bonachones. Al principio me tutean los dos. Ya no sale agua de los grifos, ni hay corriente, ni gas, nada de nada. De vuelta con los cubos de agua.

Los caballos beben. Sus dos cuidadores los miran contentos.

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Ahora quema el sol como si fuera verano. Cruzan miradas unos con otros. Uno, muy joven, bajito y amarillo, y con tufo a vino en el aliento, empieza a hablarme. Pretende apartarme del patio en el que estamos. Pienso que ya le he dado el esquinazo cuando me lo encuentro de pronto a mi lado y se mete conmigo en el refugio.

Va dando tumbos de viga en viga, alumbra con una linterna los rostros de la gente del refugio, unos cuarenta en total. Demora el tembloroso cono de luz sobre los rostros de las mujeres. El refugio se ha quedado helado. Nadie se mueve, nadie habla. Se escuchan respiraciones ahogadas. Se trataba de amor, de amor verdadero, de amor caliente, que me quiere, que si le quiero, que si vamos a querernos mucho.

El hombre cae en la trampa. Bromeo con manos temblorosas. Ya estamos fuera, en el pasillo semioscuro. Sin gente. Charlo un rato con ellos y voy recuperando el aliento. Mis manos vuelven a la calma. Nuestra esquina se ha convertido ahora en un campamento. La tropa se acomoda en tiendas y garajes. Flota una especie de alivio en el aire. Todos se levantaron de golpe, se pusieron a gritar La fabricante de licores, sin embargo, no ha padecido necesidades.

Ahora le toca pagar por su injusta grasa. Ahora no se atreve a regresar al refugio. Hablo con un militar con estrellas en las hombreras que pasa a nuestro lado. Debe de haberse encerrado arriba. Muy bien hecho. Hay hombres otra vez en el refugio. En el pasillo me encuentro al panadero visiblemente afectado. En el refugio. Hay tres rusos a su lado. Entiendo poco de lo que dicen, hablan en argot.

Comisario significa alguien que tenga voz. Los disparos y la rojez de los incendios quedan lejos. Me comprende y pone cara de disgusto.

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De los tres que estaban junto a la panadera se ha esfumado uno entretanto. Los otros dos siguen a su lado discutiendo. Uno de los dos reprendidos replica. De nuevo trata de convencerle el oficial con mucha calma. Al mismo tiempo se va retirando lentamente hacia la puerta del refugio. Grito, grito Ya estoy tendida en el suelo.

Del bolsillo de la chaqueta se me escapa algo que tintinea. Deben de ser las llaves de casa, mi manojo de llaves. Con la mano izquierda tanteo en el suelo hasta dar por fin con el manojo de llaves. Lo agarro firmemente y lo mantengo apretado entre mis dedos. Con la mano derecha me defiendo, pero no hay defensa posible. Ha desgarrado el liguero sin dificultad. Han abierto la puerta. De fuera entran dos, tres rusos. La tercera figura es una mujer en uniforme. El segundo tipo, confuso, se ha puesto de pie de un salto. Los dos salen con esos otros tres al exterior.

Dentro toda la gente se me queda mirando fijamente. Ahora es cuando me doy cuenta del aspecto que ofrezco. Sostengo en la mano los jirones del liguero. Todos hablan, gritan sin escucharse, discuten, gesticulan sin parar. El aire fuera es tibio, huele a quemado. Nos dirigimos al bloque de enfrente donde dicen que se hospeda el comandante. Uno se pone de pie al acercarse nuestro grupo. En el interior del patio pregunto por el comandante. Seguro que no le ha dejado ninguna secuela. El grupo toma el camino de regreso al refugio. No puedo, ya no soporto mirar las caras de la gente del refugio.

Me habla en voz baja, me acaricia, me observa, y todo eso me resulta odioso. Yo quiero olvidar. Por favor En ese momento llega la viuda desde el refugio por la escalera trasera. Juntas atrancamos de nuevo la puerta, pero esta vez a conciencia. Montamos una torre con sillas delante y rematamos la faena arrastrando hasta ella el pesado aparador de la cocina. En la puerta delantera echa como siempre el cerrojo y le da dos vueltas a la llave.

Proyecta nuestras sombras gigantes en la pared. La viuda me ha preparado una cama en el cuarto de estar, en su tumbona. Por primera vez desde hace tiempo no bajamos las persianas para el oscurecimiento. Pobre puerta trasera, baluarte miserablemente erigido. Nos miramos las dos heladas. Pasos en el pasillo. Alguien empuja la puerta de nuestra estancia. Uno, dos, tres, cuatro tipos. Todos armados hasta los dientes, con la ametralladora apoyada en la cadera. Nos miran por unos breves instantes a las dos, mujeres.

Una Mujer en Berlin Anonimo

No pronuncian palabra. Se ha ido. Ninguno de los hombres se lo impide. Entonces vuelven todos la cabeza. Tres rostros perplejos. Charlamos un rato, yo a la escucha de cualquier ruido que venga del pasillo, esperando que la viuda regrese con los anunciados refuerzos vecinales. Pero no se oye nada. Les oigo trastear con la vajilla.

Los otros parlotean en voz baja; por lo visto no tengo que enterarme de lo que hablan. La viuda no aparece. Miradas de reojo. Tengo fiebre. Tengo el rostro encendido. Parece que beben. No se oye nada por ninguna parte, tampoco se ve ninguna luz. Tremendas zarpas, aliento de aguardiente. Usted mismo si quiere. Pero eche a los otros.


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No quiere, parece temer el regreso de la viuda. La lamparilla de sebo ha seguido prendida entretanto. Petka sigue haciendo cosas en la casa. Incluso se ha quitado ahora las botas. A las cuatro de la madrugada canta el gallo que la tropa lleva consigo. Y casi me estruja los dedos al despedirse.

Por si acaso, lo guardamos al fondo en uno de los estantes del armario, al fondo del todo. Gracias a Dios no las encontraron. Fuera sigue habiendo guerra. Estruendos y temblores, pero resuenan bastante lejos. El frente avanza ahora hacia el centro de la ciudad. No me atrevo a llamar a ninguna puerta. No quiero asustar a nadie.

Corro escaleras arriba. Ya las tengo enfrente, mujeres, todo un destacamento, entre ellas la viuda que solloza desgarradoramente. Alrededor sollozan otras mujeres. Todo pasa. Debe de andar entre los cuarenta y los cincuenta. Para ellos una mujer es una mujer cuando agarran un cuerpo en la oscuridad. Estamos sentados alrededor de la mesa de la cocina, todos con los ojos hundidos, con una palidez verdosa, trasnochados. Una y otra vez miramos fijamente la puerta trasera cerrada con cerrojo y atrancada, con la esperanza de que aguante. Hambrienta, me trago el pan que me ofrecen.

Las manos clavadas en el pecho. Los ojos como llamas alocadas. De nuevo silencio fuera, el ruido de pasos se pierde a lo lejos. El cabello revuelto le cubre la cara, no quiere comer ni beber. Disparos cruzados en nuestra calle. Un uniforme. Respiro con alivio La viuda no ha entendido ni palabra, pero del rostro de Petka ha podido leer lo que le sucede. Hoy es martes y Primero de Mayo, y sigue habiendo guerra.

De fuera nos llegan sonidos rusos. Con los animales hablan en un tono verdaderamente humano. A veces ascienden vahos con olor a caballo. Tintineo de cadenas. Abajo hay un campamento. Me tiemblan las manos. Tengo los pies como el hielo. Menos mal que no estamos en enero. Nos movemos con toda celeridad de un lado a otro entre las paredes agujereadas, escuchamos atemorizadas los sonidos que vienen del exterior, apretamos los dientes con cada sonido.

Continuamente pasan hombres corriendo por la cocina, por el pasillo y las dos habitaciones. Lo echaron. Ahora ya puedo pensar en su significado, la puedo escribir sin que me tiemblen las manos. Vociferaban como salvajes, aporreaban la madera a patadas. Teme por su cerradura. Dos cabezas grises, dando tumbos, borrachos como una cuba.

Las esquirlas caen al patio tintineando. Huele a aguardiente y a caballo. Parece no ver para nada a la presa. Cerrar los ojos, apretar fuertemente los dientes. Ni un sonido. De pronto siento unos dedos en mi boca, olor pestilente a jaco y a tabaco. Abro los ojos de golpe. Cara a cara. Sumergirse en el suelo De nuevo cara a cara. Las comisuras de la boca se alzan. Antes de marcharse revuelve entre sus bolsillos en busca de algo. Lo arroja sin decir palabra sobre la mesita de noche.

Mi paga. Los jirones cayeron a mis pies. La cara verdosa en el espejo, los restos de comida en el lavabo. Un tipo con estrellas. Alto, con el cabello negro rizado, bien alimentado. Charlamos, tonteamos, nos decimos disparates, pero le saco que es teniente. Al final quedamos en vernos esta tarde a las siete en casa de la viuda. Hasta esa hora tiene servicio. Trae consigo a dos camaradas que nos presenta como Grischa y Jascha. Me exhibe ante los otros dos con un orgullo muy marcado de propietario. Los tres se arrellanan en los sillones, se sienten a gusto. Jascha ofrece una botella de vodka.

La viuda se lleva un susto de muerte y corre a la cocina por platos. Grischa es una persona taciturna, con una permanente sonrisa satisfecha en los labios. Los dos son de Jarkov. Bebemos a la salud de todos. En cualquier instante puede aparecer a su cita Anatol, el teniente. Lo espero con miedo, pues temo una pelea. Petka es fuerte como un roble y aseado, pero es un cateto y un pobre diablo.

Todo sentimiento parece muerto. A ninguno de los muchachos se le pasa por la cabeza utilizar los platos. De pronto, Pauli eructa, cae hacia delante y vomita encima de la alfombra. Un pobre lisiado. Tiene el alma tocada. Le da un masaje en la espalda. A lo lejos, el clamor del frente. Encendemos las velas que ha encontrado la viuda, las fijamos sobre un platillo. Es un mapa muy detallado, lleno de indicaciones en ruso. Ahora, cuando escribo esto, estamos a martes, 1 de mayo. Por encima de nosotros se oye un gran estruendo. Con sonido aceitoso truenan los motores de aviones rusos.

No tienen nada de extraordinario. Erguidos parecen rejas compuestas de finos tubos. Por si fuera poco, escupen tiras de fuego en manojos. El cielo estaba rojo sanguinolento. Del centro de la ciudad ascienden enormes humaredas. La necesidad de agua nos saca a todos de nuestros agujeros. Y es que los militares tienen prioridad en el uso de la bomba de agua, por supuesto.

Ante los cenadores dormitan algunos rusos. Otros abrevan a los caballos que encontraron abrigo en los cenadores. Con asombro miramos a las muchas chicas soldado con guerrera, falda y boina vasca con distintivo. Al parecer pertenecen a tropas regulares. Lavan sus prendas en tinas. Camisas y blusas de mujer bailan en tendederos aprestados con toda celeridad. Lo mismo hoy. Ahora se ha adaptado a las circunstancias. Ya me lo he estudiado detenidamente. Volvamos, no obstante, al domingo 28 de abril, por la noche. Hacia las ocho se largaron Petka y los suyos.

Yo estaba decepcionada. Los que llevan estrellas no proceden de una determinada clase social. Sea como sea, Vania sigue a la viuda como un perrito faldero. Trae vasos limpios a la mesa y lava en el fregadero los usados. Anatol otra vez a mi lado, sus armas y sus cosas dispersas alrededor de la cama Los muchos botones y bolsillos, y todas las cosas que tiene en ellos Amable, afectuoso, infantil Pero nacido en mayo, Tauro, Tauro Y efectivamente, en una de las treguas de fuego se oye el canto del gallo.

Hemos sobrevivido otra noche. El frente no tiene domingos. En la calle circulaban camiones arriba y abajo. Llamadas en tono seco, relinchos y tintineo de cadenas. Me refiero a Anatol. Un tipo tan fornido y bien alimentado Como si yo, hablando en un sentido completamente corporal, pudiera cerrar mi cuerpo en ese acto, cerrarme con llave frente a todo lo exterior indeseado. Su marido era boticario, conoce bien el asunto. Me siento muy tonta. Pero ahora como antes sigo convencida de que mediante mi simple no querer puedo cerrarle el camino a esa desgracia.

Si les dices que no, entonces se vuelven babosos de inmediato. En el fondo les da igual lo que pillan. Se llevan incluso a mujeres casadas. Y no por miedo. Pero si no van muy borrachos les molesta su presencia. A pesar de todo, nos sentimos comprometidos el uno con el otro igual que una pareja con anillos. Y todos queman libros. Al menos nos dan algo de calor y calientan la sopa mientras se convierten en humo. Para ellos debemos de ser una especie de restaurante No culpa personalmente de la guerra a Hitler sino al capitalismo que da lugar a esos Hitlers y que acumula tensiones que desembocan en guerras.

Si estamos solas, nos asusta cualquier sonido, cualquier ruido de pasos. No quiero tocarme, y apenas me miro. Los sucesos se embrollan en una mezcla confusa. Comieron, bebieron y charlaron. Les encanta. Ya vuelve a circular el aguardiente por la mesa. Ni siquiera hay una llave para esta puerta. Sus piernas con las botas puestas bambolean por fuera, tiene los rizos negros revueltos.


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Guarda la pistola en la funda que lleva a la cintura. Ahora ronca como si estuviera serrando. Fuera, entretanto, la guerra. El centro de la ciudad humea, disparos como azotes. Hablamos en voz muy baja para no despertar a Anatol. Un alivio para el alma. Le miramos radiantes, la viuda se le echa al cuello aliviada.

En la mujer, dice, ve al camarada, no el cuerpo. Pero yo no puedo. Abajo el caos: tabiques de madera destrozados, candados arrancados de cuajo, maletas rajadas con navaja y pisoteadas. Vuelca el contenido de una maleta ajena, rajada, en el pasillo y se pone a llenarla con los restos de sus propias pertenencias. Con las manos hace un montoncito con harina vertida en el suelo, y lo espolvorea dentro de la maleta, desquiciada. A diestro y siniestro, y a la luz llameante de las velas, los vecinos revuelven entre los objetos esparcidos.

Se escuchan exclamaciones y sollozos estridentes. Se arremolinan en el aire las plumas de los colchones. Huele a vino derramado y a excrementos. De vuelta arriba. Cargamos con nuestras cosas. Nos consuela. La viuda llora, se acuerda sin dejar de sollozar de algunas de las cosas de su maleta: el vestido de noche, el vestido de punto, los zapatos resistentes.

Incluso yo me encuentro profundamente abatida. Estamos privadas de derechos, somos presas, basura. Nuestra rabia se descarga sobre Adolf. Volvemos a las mismas: toda una ronda de rusos, algunos conocidos, otros nuevos, en torno a nuestra mesa. Uno llevaba un grueso y respetable reloj de faltriquera, de la Prusia Oriental, con una esfera muy abombada, de color amarillo oleoso. No es por su valor monetario, pues no se interesan tanto por anillos, pendientes o pulseras. No, todo eso lo pasan por alto si pueden pescar un reloj. Tiene que ser ya alguien, representar algo, antes de poder tener un reloj de pulsera tan codiciado, esto es, antes de que el Estado le asigne uno.

Pues no saben distinguir los relojes por lo que cuestan. Cualquier imagen de colores sobre la esfera es para ellos un gran reclamo. Me parecieron tan desnudas Un teniente muy joven, herido de metralla justo esta tarde, con la tibia vendada de manera provisional. Habla con sorna y malicia. Debate sobre el origen de la guerra. Lo ven en el fascismo, en su estructura que apremia a la conquista de territorios. Le recriminan su discurso. En mitad de la charla aparece Anatol bostezando, cansado del servicio realizado. Es del campo. No lo sabe nadie. Un miedvied es un animal.

Pero yo soy un chelovek, una persona. Tengo sabor a humo en la boca. De nuevo el canto del gallo. Es una felicidad relativa. Remiendo y zurzo un poco y enjabono mi segunda camisa. A partir de las ocho comienza el habitual desfile por la puerta trasera abierta. Toda clase de hombres desconocidos.

Todos escuchan ansiosos. Para ellos todo esto es nuevo. Los rusos ni sospechan de la existencia de esos altillos. En cualquier caso, Stinchen sigue siendo virgen. Volvimos a casa, escaleras abajo. Hace tiempo ya que nuestra casa es una casa de soldados. Por todas partes hay tufo a caballo. Los vencedores no se andan con cumplidos.

Mean en los muros de las casas, donde les da la gana. Hay charcos de orina en los descansillos de la escalera y en la entrada de la casa. Dicen que no se comportan de manera muy diferente en sus propias casas, abandonadas ahora a su merced. Otro descenso a la oscuridad. Seguimos teniendo de todo y en abundancia. El tarro de compota de nuestro saqueo en el refugio estaba roto. Sigue habiendo guerra fuera. Tarde tranquila. Sin embargo, tiene modales educados y su manera de hablar es absolutamente elegante. De repente llegan ruidos y voces de hombres desde la cocina.

Entramos los tres en la cocina. El otro es sin lugar a dudas Petka, lo reconozco por la voz. Sus ojitos destellan. El mueble cruje al estrellarse contra las baldosas. Le suplico ayuda frente al borracho. Y la linterna deja de funcionar completamente. Nos quedamos a oscuras. Oigo jadear a Petka, huelo su apestoso aliento de borracho. En realidad no siento miedo. Estoy demasiado ocupada en evitar a Petka, en ponerle una zancadilla.

Por fin conseguimos llevarlo entre todos hasta la puerta trasera. Al tropezar me grita que soy mala, una basura La una de la madrugada. Ahora iba a buscar de verdad a Anatol. Por fin golpes en la puerta principal. Otra vez el bajito. Esta vez viene cargado con tocino, pan, arenques, un cazo lleno de aguardiente. Anatol se levanta dando un suspiro, desaparece. Se han marchado. Se vuelve a sentar. Se me queda mirando fijamente. La vela flamea. Se me han ido todos los vocablos rusos de la cabeza. El rubio platino me mira fijamente, pensativo.

No quiero. Le amenazo con Anatol. Estoy atontada de cansancio. Me opongo, balbuceo alguna frase, no quiero. Una de las veces, mientras me resisto, le doy en la pierna herida. Luego se agacha desde la cama al suelo buscando algo. Se fue. De pronto la cocina estaba llena de hombres, conocidos y desconocidos. Uno vino vestido con una bata blanca.

Gritos y llamadas desde la calle que hicieron desaparecer en un instante a todos esos tipos. Anatol paseaba ante ellos arriba y abajo. Primero de Mayo El camarada teniente se las da, sobre todo, de camarada. Durante la ceremonia siguieron aullando desde la escuela de enfrente los Katiuskas, trazando estelas de fuego en el cielo amarillo como el azufre.

Caminaba dolorida a paso de caracol. No es el exceso de ahora lo que me ha hecho tan desgraciada. Frigidez se le denomina a eso. Su cuerpo no estaba preparado. No puede ni debe ser de otra manera. Abajo estaban los dos viejos funcionarios de Correos y, alivio, algunos hombres de Anatol, suboficiales.

Ascending to New Earth – Galactic Mind – Going up to LEVEL 1 civilization…

Para empezar puedo aclarar un error. Los rusos han tomado a los dos ancianos por los padres de la chica. Paulatinamente se fue relajando el ambiente. No se puede una fiar de sus horas de fiesta. Debo tenerlo muy en cuenta. Al anochecer hubo una visita molesta. Alguien pateaba y golpeaba contra la puerta principal. Entonces se puso muy pesado. Respiramos profundamente. Somos el coto privado de caza de Anatol. El ambiente es realmente muy agradable. Se trata de una de las muchas formas de comunidad humana basadas en el miedo y en la necesidad que se forman ahora por todas partes.

El que acaba de hablar es joven y guapo de cara. Tiene unos rasgos oscuros, regulares. Le brillan los ojos. Tiene las manos blancas y finas. El tercer ruso, bajito y con la cara picada de viruelas, me acerca una lata que ha abierto con su navaja. En la lata hay carne. Trincho gruesos trozos y me los llevo a la boca. Estoy hambrienta. Los tres rusos me miran complacidos.

A cualquiera se le quitan las ganas de violar. Lo llamo Aliosha para mis adentros, en recuerdo de Los hermanos Karamazov. Bajamos las escaleras trotando, cada una con una lata de carne en las manos. Dentro hay mucho jolgorio.

Todos lo intentan, ninguno sabe tocarlo correctamente, y el resultado ya se lo puede imaginar cualquiera. Pero se lo pasan muy bien. Quieren celebrar que hoy es el Primero de Mayo. Me quedo mirando fijamente al rubio llena de desprecio. Al entrar nosotras se pone en pie como accionado por un resorte, hace una reverencia y repite ante cada una de nosotras su saludo.

Un tipo delgado, alto, moreno, con el uniforme limpio. Arrastra un poco una pierna, pero es casi imperceptible. A una llamada del comandante se acerca diligente hasta donde estamos todos a la luz de las velas. Nos lo presentan como el ordenanza del comandante.

Nos miramos el uno al otro furtivamente. Intercambiamos palabras con mucho tiento. Las persianas estaban corridas y las luces apagadas. Las madres susurraban, rara vez hablaban con sus hijos enfermos, y miraban en la oscuridad. Incertidumbre : Las situaciones imprevistas se multiplican.

La seguridad en saber los efectos de las acciones disminuye. Complejidad : Las organizaciones funcionan en un entorno que condiciona sus actuaciones. Los elementos del entorno cada vez son mayores. Las interpretaciones sobre los mismos hechos son diversas. Los factores a considerar no siempre son evidentes. Las causas y los efectos ya no son simples.

Las situaciones siempre son nuevas, no hay precedentes. Para lograr esto, ambos usuarios deben contar con un vaso equipado con un sistema especial. Hay que dejar ir a quien nunca hizo nada para quedarse, a esas personas de sentimientos temporales que nos hicieron invertir tiempo e ilusiones. Ahora parece que lo bueno del vino en un comprimido. Es decir que lanzaron unos comprimidos que contienen todas las bondades de los componentes con los que cuenta el vino pero sin emobarracharte. El Dr. Les anulan la personalidad y los someten a demandas imposibles. Ese es un ejemplo de las exigencias emocionales de un padre obsesivo.

Claudio M. Lin Chen Yu. Mientras el cine y la literatura tratan de representar acciones humanas construyendo ficciones, el periodismo intenta dar a conocer acontecimientos que han ocurrido realmente, con referencia a un mundo exterior al que debe ajustarse. La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. Este blog ha sido visto cerca de Haz click para ver el reporte completo.

Actualmente estamos ante una juventud desesperanzada ante la dificultad que perciben para crear su itinerario vital. Si soledad es la ausencia de los otros del mundo, el silencio es la ausencia de ruido exterior y de las cosas del mundo. La intimidad se nutre de la soledad y se nutre del silencio, que no es sino otra forma de soledad. Si alguien quiere alcanzar su propia intimidad, lo primero que debe aprender es a amar la soledad y el silencio. El mundo en donde vivimos se caracteriza por la presencia de relaciones cara-a-cara afectivas.

Virgil Gheorghiu. Hay personas que cargan de buena onda con su mera presencia. Vienen con esa cuota de optimismo incorporado que es capaz de levantar a un muerto. Se dice que el amor es ciego.